Desde hace muchas décadas, el funcionamiento del Estado dependía de la existencia de carreteras, puentes, centrales eléctricas, líneas de comunicaciones y centros de abastecimiento. Hoy todo lo anterior depende, además, de algo mucho menos visible: cables submarinos, centros de datos, servicios en la nube, sistemas de identidad digital y plataformas que gestionan todo lo anterior, además de la relación con los ciudadanos.
Es decir, la infraestructura digital se ha convertido en el sistema nervioso del Estado. Y, como ocurre con el sistema nervioso humano, normalmente solo recordamos que existe cuando deja de funcionar.
Imaginemos una situación sencilla. Un ciudadano intenta obtener un certificado de nacimiento. No puede. Luego descubre que tampoco funcionan los sistemas de pago, que los hospitales vuelven a gestionarse manualmente, que las municipalidades no pueden acceder a los datos de sus vecinos y que los organismos públicos están paralizados. No se trata de ciencia ficción, pues ya ocurrió, por ejemplo, en la Estonia de 2007, en que bastó una interrupción prolongada de algunos servicios digitales críticos para que buena parte del Estado dejara de operar. Leer más
